El hecho de que un torero muera en el ruedo, o a
consecuencia de una cornada, causa un impacto tremendo, como si no supiéramos
que la muerte es una presencia constante en la Fiesta Brava, finalmente, la que
le da sentido.
Lo mismo está expuesta una figura mítica, como “Manolete”, que
un joven camino a la consagración, como José Cubero “El Yiyo”.
“El Yiyo”, con una muerte como inspirada en un poema, porque
le partieron el corazón en dos… lamentablemente no por desamor, como tendría
que ser a su edad, con toda la vida por delante. Donde no queda el consuelo de
que el tiempo todo lo cura, si acaso para los dolientes, para una afición conmovida
por otra pérdida, que sólo vino a renovar la solemnidad de una Fiesta que poco
a poco se pierde entre reflectores y papel couché.
En los toros no hay cabida para superficialidades, ni para titubeos,
y tampoco para precauciones; la muerte es certera, la muerte no duda, la muerte
no se equivoca. Acude siempre puntual a la cita. En ocasiones es piadosa, porque,
como en el caso del “Yiyo” (30 de agosto de 1985), fue fulminante, ni tiempo le
dio de darse cuenta que ya estaba en sus brazos, entregado, como si fuera su
último amor. La muerte del “Yiyo” fue benévola, no sólo por rápida, sino también
porque fue en el ruedo, donde sueñan morir todos los toreros.
Aquella tarde de Colmenar el Viejo, “Yiyo” no figuraba en el
cartel, pero contra el destino no hay nada qué hacer… una substitución, la de
Curro Romero.
Muerte menos piadosa la de “Manolete” (29 de agosto de
1947), hasta el día siguiente del percance, sintiendo cómo, poco a poco, se diluía
su vida, entre conflictos familiares, amores truncados, intereses, confusiones,
plasmas equivocados. Y mientras… la muerte jalándolo de una pierna, con la
misma que dio un paso a la inmortalidad, envuelto en incertidumbre.
Y luego, la incredulidad ante lo sucedido, como si no fuera
un hombre común, como si fuera imposible la muerte en alguien como él.
“Manolete” no se puede concebir sin la tarde de Linares; su
historia, su personalidad legendaria, sus ojos melancólicos y su lánguida
figura estarán por siempre ligados a “Islero”, de Miura. Un encuentro que tenía
que darse para crear la leyenda, lo único que le faltaba al de Córdoba para ser
inmortal… “Ya eres eterno Manuel…” (Miguel Herrero).
Así, se conmemora un año más del fallecimiento de estos dos
grandes toreros, y también se reafirma la única verdad ineludible de la Fiesta
Brava, el enfrentamiento de la vida… y la muerte.
1 comentario:
TU ESCRITURA CON SENTIMIENTO MUY PROFUNDO,CONOCIMIENTO DE LA VERDADERA FIESTA DE LOS TOROS Y LA PASIÓN CON LA QUE LA VIVES Y MANIFIESTAS LO QUE SE PASA DENTRO DE ELLA Y QUE HOY EN DÍA SE VA PERDIENDO ESA SERIEDAD. FELICIDADES, SALUDOS Y UN FUERTE ABRAZO
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