domingo, 5 de junio de 2011

Manzanares… bordando con punto fino


Ante la perfecta alineación de los astros, el equilibrio entre el tiempo y el espacio, la comprensión de la causalidad por encima de la casualidad y la casi exasperante e inequívoca armonía entre cuerpo y alma que resulta en inmaculada concepción del arte, no hay nada que hacer, sólo entregarse al gozo de esas escenas perennes.
Para lograr una obra de arte perfecta, el artista debe ser congruente con su ser interior y su expresión. Esa perfección muchas veces es cuestión de suerte, de un momento, de una casualidad. Pero este torero ha demostrado en esta temporada española, que está en un momento de profunda inspiración.
Así es, José Mari Manzanares, hijo de aquel figurón del mismo nombre, alicantinos los dos, está en un momento de comunicación celestial, hablándose de tú con las divinidades.
Cuando se torea con esa naturalidad, sin forzar nada, como quien sabe que nació para estar ahí, como quien está conciente de lo que quiere decir… y  como quien lo dice, tiene que haber una repercusión en el entorno, tiene que haber una reacción ante estas manifestaciones.
Que volver loca a Sevilla no ha de ser nada fácil, una Sevilla en feria, una Maestranza con Curro Romero en barrera, dando fe de los hechos; luego Madrid… Córdoba… Jerez, palmeando por bulerías.
¿Cómo se describe lo que últimamente ha hecho José Mari? Naturalidad, exquisitez y temple… ese temple que por matemático en su distancia, no pierde la hondura que pone a la gente de pie.
Esa concepción de los tiempos -toreo despacio porque estoy a gusto- acompañar con la cintura para dar más hondura, para dar más dimensión, otra dimensión, una nueva dimensión. Un torero disfrutándose a sí mismo, olvidándose del tendido, haciendo eterno cada muletazo. Creando una línea paralela en el tiempo… el tiempo de los mortales, el tiempo de Manzanares.
Momentos que nacen para ser plasmados en pinturas y poemas, como ese desmayo en el muletazo, como ese muñequeo dado como si tal cosa, como esos cambiados de mano, insoportablemente bellos.
Y el rostro del torero, con una marcada expresión de seriedad, porque no viene a hacer mercadotecnia barata, viene a jugarse la vida y viene a meter el universo en su espuerta.
Han sido insuficientes los sombreros y los claveles para echarle a este hombre.
Qué temporada la de José Mari Manzanares, excelsa, colmada de inspiración.
No sólo salió por la Puerta del Príncipe… abrió las puertas del paraíso y es el invitado de honor, con toda la grandeza y los honores que le confieren sus hazañas.

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